sábado, 12 de mayo de 2018

Los Cortés Solís contra los Ovalle Vicuña


imagen www.memoriachilena.cl



Cuando, hace varios años, leí con mucho interés la biografía de Benjamín Vicuña Mackenna, del año 1951, escrita por Eugenio Orrego Vicuña, como quillotano me llamaron la atención las siguientes líneas:

        “En 1884 volvió al foro, reanudando actividades judiciales, en defensa, esta vez, de amigos de juventud envueltos en litigio que pronto alcanzó las proporciones de un bullado escándalo social.  Fué aquel pleito el que instaurara don José Regis Cortés para obtener la interdicción de su padre don Felipe Eugenio, a fin de anular ciertos contratos suscritos por éste con los hermanos Francisco Javier y Ruperto Ovalle.

        Vicuña redactó, en contestación a un libelo de Cortés (227), extensa publicación firmada por Ruperto Ovalle: Para castigo de la difamación.  Las imposturas de don José Regis Cortés a propósito del juicio de interdicción por demencia que sigue contra su señor padre D. Felipe Eugenio Cortés.

        Habiendo publicado el mismo sujeto otros dos groseros libelos contra los hermanos Ovalle, don Ruperto firmó el siguiente escrito: Mi respuesta al último soez libelo de don José Regis Cortés en apoyo del juicio de interdicción por demencia que sigue contra su señor padre D. Felipe Eugenio Cortés. Dice don Ricardo Donoso: “Desde la primera a la última línea de este folleto se adivina la punzante pluma del autor de la Historia de Santiago…”

        Instaurado el pleito en Quillota, se dió lugar a la demanda en lo concerniente a aceptar al interdicción provisoria del señor Cortés.  Apelada la sentencia, Vicuña Mackenna alegó – por vez primera y última después de varios lustros – indicando que lo hacía en obsequio a una amistad tan antigua como su vida y especialmente en razón de ventilarse altas y trascendentes cuestiones de derecho público “que afectaban los preceptos claros de la Constitución y la ley internacional de todas las naciones”.  La apelación fué ganada por el impugnador, pero el pleito duró largos años, según inveterada tradición de los tribunales chilenos.”

(227) “Para la vindicta pública. El crimen de la Rue Gluck, Nº4 en París”.  Domicilio de don Felipe Eugenio Cortés.

        En los días de mi lectura ignoraba quiénes eran los litigantes y quién era don Felipe Eugenio.

        Mi anterior nota, sobre la familia Cortés, entrega información relevante alusiva a la vida y bienes del abuelo de José Regis y padre de Felipe.

        Hasta el año 1883 encabezó la acusación Escipión Eugenio Cortés Solís (Guayaquil, 1839 – Quillota, 1883).  Lo reemplazó el segundo de los hermanos José Regis Cortés Solís (Lima, 1843 – Quillota, 1898).  También colaboró la hermana María Constanza.

        El autor de la biografía citada (Orrego Vicuña), el abogado defensor (Vicuña Mackenna) y los acusados (los hermanos Francisco Javier y Ruperto Ovalle Vicuña) eran familiares.  El historiador y los hermanos eran primos.

        El libro “La encomienda de Catapilco” (1998) de Javier Pérez Ovalle, sobrino de Javier y Ruperto, retrata a nuestros personajes afectuosamente.  Sin embargo, al primero lo califica como “oveja negra”, “ángel rebelde”, “descarriado”, con “una simpatía infinita”.  Falleció en 1911.  Al tío Ruperto lo admiraba (murió en Zapallar a los 74 años).

        Pérez Ovalle relaciona a los Cortés con los conservadores y Carlos Walker Martínez y a los Ovalle, con los balmacedistas.  Don Ruperto fue perseguido por los vencedores de la guerra civil.

        El historiador Jorge Ortiz Sotelo consigna, después de referirse a un dudoso testamento, a los contratos y al poder general otorgado a don Ruperto, “Scipión y sus hermanos iniciaron la acción de interdicción…, acción que fue solo el preludio de un larguísimo proceso judicial que tomó más de una década en resolverse a favor de los Cortés Solís”.







viernes, 4 de mayo de 2018

La familia Cortés




El personaje central de la portada
 es don Eugenio Cortés y Azúa


Gracias a la generosidad de un amigo santiaguino de  nuestro blog estamos revisando y leyendo el libro “Lazos de sangre.  La familia Cortés en Perú y Chile (siglos XVIII al XX)” (mayo de 2013) del historiador peruano Jorge Ortiz Sotelo, capitán de fragata en retiro de la Marina peruana, con prólogo de Isidoro Vázquez de Acuña, doctor en Historia de América y presidente del Instituto Chileno de Investigaciones Genealógicas.  Los editores son el Instituto Peruano de Economía y Política (IPEP), la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV) y la Universidad “Bernardo O’Higgins” (UBO); impreso en Lima.

Las 235 páginas del estudio están distribuidas en diez capítulos, entre los cuales destacamos: 4. Los Cortés Madariaga, el 5. Los Cortés y Azúa y el 9. Felipe Eugenio y el final del mayorazgo, porque en ellos aparecen personajes que han motivado notas nuestras sobre la novela histórica, los Nordenflycht, la Unión Americana y la Guerra del Pacífico.

Como una primera aproximación a la obra presentamos a cinco integrantes de la familia:
-Dionisio Eugenio Francisco de Borja Nordenflycht Cortés (Lima, 1804-Purutún (Hijuelas), 1859).  Tuvo 11 hijos con su esposa Clara Prieto y Herrera, reconociendo en su testamento, ante el escribano público de Quillota Manuel Vinagre, 6 hijos “naturales”.

Sobre Augusto (“a quien algunas fuentes refieren como Agustín”) Nordenflycht Prieto el autor señala que “En junio de 1864, tras los incidentes que llevaron a la ocupación española de las islas Chincha, Augusto fue uno de los trece oficiales de la columna de voluntaros chilenos que, al mando de Patricio Lynch y Roberto Souper, vino al Perú a participar en su defensa”.  Estas palabras complementan nuestras noticias relativas a este hijo de don Dionisio.

-María Constanza Juana de San José Nordenflycht Cortés (Lima, 1805- Santiago, 1837). Madre de los Portales Nordenflycht.
-Eugenio Antonio Nicolás José Cortés y Azúa (Santiago, 1776-Valparaíso, 1849).  El más multifacético.
-Felipe Eugenio Ignacio Cortés Alcázar (Lima, 1810-París, 1886), hijo de don Eugenio, y su esposa Teresa Solís Pinillos (Chiclayo, 1820-Valparaíso, 1869).

Con palabras del historiador Ortiz Sotelo entregamos informaciones sobre Eugenio Cortés y Azúa.

“Vinculado a algunas de las más notables familias peruanas y chilenas de finales del periodo colonial, Eugenio Cortés y Azúa tuvo una agitada y prolongada existencia, falleciendo a los 73 años de edad luego de haber servido en las armadas de España, México y Perú.  A lo largo de su vida fue actor o testigo de momentos importantes en la historia de estos tres países, entre los cuales podemos mencionar el levantamiento madrileño del 2 de mayo de 1808, los contactos iniciales entre la Junta de Sevilla y la princesa Carlota Joaquina, los ataques de Brown y Cochrane al Callao, en 1816 y 1820, la independencia mexicana, las iniciales relaciones entre ese país y Estados Unidos, la guerra civil entre Orbegoso y Gamarra en el Perú, iniciada en enero de 1834 y la guerra de la Confederación Perú-Boliviana.

Descendiente de Hernán Cortés, pertenecía a una familia originaria de La Mancha, España.

En diciembre de 1839 falleció su tía Ana Josefa de Azúa, correspondiéndole heredar tanto el marquesado de Cañada Hermosa como el mayorazgo de lo Azúa, formado por una casa en Santiago de Chile, las haciendas Purutún, Pucalán, El Melón y Carretón; y más de diez mil cabezas de ganado.  Al entrar en posesión de esos bienes, y de la parte de la herencia paterna que le correspondía, el almirante Cortés pasó a tener una situación económica bastante holgada.”

viernes, 27 de abril de 2018

Una ciudad bonita situada en un valle ruiseño



 Quillota, á 21 leguas N. O. de Santiago, la capital, está á 12 N. E. de Valparaíso. Esa ciudad bastante bonita, larga y estrecha está situada en un valle mui risueño.

Produce en abundancia todo lo necesario para la vida; sus campos se ven sucesivamente cubiertos de cebada, maíz, avena, lino, cáñamo, viñas y otros frutos de Europa.

Los víveres son tan comunes que se dan ocho panes—pesa cada uno seis onzas—por la menor moneda de plata del país y que equivale á seis sueldos, tres denarios de Francia; por la misma suma se pueden obtener doce ó veinte huevos y también carne en proporción.

Observaré aquí, que ésta, siendo la menor moneda del lugar, es considerada en el mercado como un sueldo de Francia, más ó menos. La modicidad de ese precio da ocasión para que fácilmente se juzgue la abundancia de víveres en Quillota pues, en ninguno de Europa, ciertamente, se podría obtener la misma cantidad de víveres con suma tan pequeña.

Hay, igualmente, mucha leche con la que hacen un excelente queso de chanco, renombrado por su bondad y con el que se hace gran comercio: su forma es redonda y aplastada como el de Gruyere tan conocido en Francia, y el peso de cada queso es de ocho a treinta y dos libras. Dudo que en Europa se encuentre otro tan bueno.

Se fabrica buena tela de lino y cordeles con el cáñamo que ahí se cosecha, lo que produce grandes entradas á la ciudad por el extenso comercio que tiene con Lima para el uso de sus embarcaciones.

Son encantadores los contornos de la ciudad: llenos de jardines cultivados con arte y simetría; producen frutas tan buenas y tan grandes como en Santiago. La temperatura es la misma.

Como ya lo he dicho, la ciudad es estrecha; pero su largo es bastante espacioso para contener los ocho mil habitantes que encierra. Las casas, en jeneral, son bajas; es raro que tengan otros departamentos que un principal; no obstante su uniformidad, se las ve muy lindas y formar largas calles muy hermosas.

Los habitantes son afables y muy inclinados a las diversiones; aman mucho la música y tocan muy bien la guitarra, su instrumento favorito; también tienen pasión por la danza, que ejecutan con gracia y ligereza; pero tienen irresistible inclinación por la bebida.

Hé aquí su manera de bailar: aunque las mujeres son por naturaleza muy vivas, en la mayor parte de sus danzas llevan sus brazos pendientes ó plegados bajo el rebozo, que es una especie de manteleta. Al bailar el zapateo, una de las danzas más en uso, tienen los brazos levantados y golpean á menudo las manos como pasa en algunos bailes en Francia. El zapateo se baila con cambios de sitio, por decirlo así, y se sostienen en la punta de los pies y en los talones; parece que apenas se mueven, más bien se deslizan que tienen cadencia.

Hay, sin embargo, una danza muy animada y muy lasciva que se baila mucho y se llama lariate  nombre derivado ele los indios de la provincia: ha sido introducida por los negros de la Guinea y los españoles la bailan en casi todos sus establecimientos.

El gusto es tan vivo y original, que hasta los mismos niños la bailan apenas se pueden tener en pié.

Este baile tiene lugar al son de la guitarra y del canto.

Los hombres se colocan frente á frente de las mujeres y los espectadores forman un círculo alrededor de los bailadores y de los tocadores: uno de esos espectadores ó de los bailarines canta una canción cuyo estribillo es repetido y seguido de palmoteos de manos; los bailarines entonces con los brazos semi-levantados, saltan, giran, se mueven para atrás y para adelante, se aproximan á dos piés los unos de los otros y retroceden cadenciosamente hasta que el son del instrumento ó el tono de las voces les advierte que deben acercarse; entonces se golpean el vientre los unos á los otros, tres ó cuatro veces seguidas, y se alejan saltando, para hacer los mismos movimientos, con ademanes muy lascivos é indecentes regulados por el son de los instrumentos: de cuando en cuando entrelazan los brazos, dan varias vueltas, continuando en golpearse el vientre y dándose besos, pero sin perder la cadencia. Se asombrarían en Francia con un baile tan indecente; pero casi es común á todos los países de la América Meridional.

Diré también que en esos bailes es de regla beber vino, aguardiente ú otros licores y también fumar el cigarrillo


Viajes por el interior de la América Meridional. Julian Mellet. Imprenta y Encuadernación Universitaria. Santiago 1908. CAPITULO XV,  Quillota.—Baile del país.—Valparaíso.—Almendral. Traducido de la 2. a edición francesa de 1824.