lunes, 4 de diciembre de 2017

Persistencias en la fisonomía urbana de Quillota


http://chiledel1900.blogspot.cl


En el año del tercer centenario de la ciudad de Quillota cabe hacer una reflexión sin más propósito que participar a ampliar el juicio de opiniones acerca de este magno acontecimiento. Como punto de partida debemos proceder a interrogar aquello que se desea examinar al preguntar lo siguiente: ¿Qué hay de continuidad a trescientos años del acto de fundación? y, en última instancia, colocar otra pregunta más práctica: ¿Cuáles serían los elementos posibles de identificar de persistentes?
Ambas interrogantes obligan a dirigir la mirada en retrospectiva hacia dos dimensiones vinculadas a la fundación de la otrora Villa de San Martín de la Concha. Una dimensión civil y otra de naturaleza religiosa. El primero, comprendía una bateria de instrumentos que daban cuenta de una fundación planificada por el Estado español del siglo XVIII y que pusiera en práctica el Gobernador interino José de Santiago Concha y Salvatierra. La segunda, personificada en la figura del Obispo de Santiago, Luis Francisco Romero Gutiérrez que, teniendo pleno conocimiento del territorio bajo su administración espiritual, empujó insistentemente con hacer efectiva la política fundacional borbónica. La síntesis, por lo tanto, había sido especificar el modo de distribución tanto de formas construidas para residir y circular, como aquellas asociadas a las prácticas socializadoras de los mismos habitantes.
De esta manera, se fue afinando una fisonomía urbana de urdimbre colonial, pero que a través del tiempo ha situado una dinámica evolutiva de cambio y  continuidad. En la actualidad dichas categorías pueden verificarse en el crecimiento urbano experimentado y donde florece la tensión entre el valor social y el valor económico. En otras palabras, la dificultad para conservar provoca un efecto negativo que erosiona la persistencia del patrimonio construido hasta alcanzar su completa desaparación.
Lo anterior no significa desconer la acción condicionante de terremotos y otros eventos naturales, sino que dado el enfoque economicista contemporáneo arroja más bien dudas cuando se trata de equilibrar los momentos de cambios en razón a la materialidad del patrimonio.
 A pesar de reconocer por acción u omisión una indefectible realidad, todavía es posible identificar la persistencia de elementos que cumplen la función de conservar el orden original. Así, por ejemplo, la Plaza Mayor atesora cualidades que van desde la acumulación de actos vividos por la comunidad (ceremonias y fiestas) hasta su gravitación en la organización del espacio urbano circundante. Muestra al observador rasgos tradicionales como mediar la dualidad de poder entre la Parroquia San Martín de Tours y el edificio de la Municipalidad. Otros, en cambio, por su ubicación y orientación cardinal (casas, conventos e iglesias) consiguen persistir en superioridad y tamaño a la distancia o la jerarquía socio espacial de su ubicación. Por ejemplo, al observar la Iglesia Santo Domingo muestra desde la distancia esa proporción mayor al romper con la monotonía de las construcciones bajas y señalar una jerarquía por su ubicación. Por otra, persisten practicas tradicionales (ritos, romerías y procesiones), por medio del uso del espacio. En el caso religioso, cuando la calle adquiere la calidad de vía sacra al conformar un circuito que reafirma la presencia de alguna de las cuatro ordenes religiosas existentes en la ciudad.  
Con todo, los elementos persistentes en Quillota pueden convertirse en luces que  orienten a ponderar el valor del bien u objeto heredado, a despertar el interés por conciliar su presente con el pasado y, en último término, abrir las posibilidades de soluciones a la confrontación producida entre lo antiguo y lo nuevo. Al cumplir Quillota trescientos años, es necesario salvaguardar sus características que motivan seguir esclareciendo y, por lo tanto, redescubriendo.
                 
Pablo Montero Valenzuela















miércoles, 22 de noviembre de 2017

Quillotanos en la Guerra del Pacífico


Santiago Amengual Balbontín (Quillota, marzo de 1815 – Santiago, abril de 1898)


El propósito de estas líneas es entregar más informaciones alusivas a los olvidados soldados quillotanos del 79 basándonos en el libro de Francisco A. Figueroa y en el diccionario (1925) de Virgilio Figueroa.

        Las 500 páginas de la obra de Figueroa pretendían recopilar “todo cuanto se haya escrito o haya hecho el batallón Quilota en su corta y gloriosa campaña en el Perú, testificando con los documentos oficiales respectivos el asunto de que se trate”.  Se constata que “El Correo de Quillota” era el único periódico que había en el departamento de Quillota entre los años 1879 y 1882.

Memoria inédita del teniente del batallón Quillota  don Enrique Vicencio” se titula el texto de 21 páginas incluido en la recopilación.  Es un diario desde el acuertelamiento definitivo hasta la llegada a Iquique.  El autor falleció el 4 de marzo de 1881, con el brazo derecho amputado, en alta mar, frente al puerto de Arica.  El capitán José Pragmacio Vial, cajero del banco de Melipilla antes del conflicto bélico, murió en El Callao, después de la batalla de Miraflores, como consignamos en la nota anterior.  En la misma acción bélica falleció el joven sureño José Dionisio Cienfuegos.

        Del importante periódico santiaguino “El Ferrocarril” (septiembre de 1880) Figueroa transcribe lo siguiente sobre nuestro batallón: “Este hermoso batallón cuenta en sus filas a hombres de las profesiones y oficios más diversos, entre ellos el conocido aeronauta Laiscelle, farmacéuticos, telegrafistas, mecánicos, sastres, peluqueros, zapateros, herreros, y hasta un célebre titiritero …”.  Al respecto, con fecha 7 de octubre de 1880, se copia que en Iquique “Eduardo Laiscelle, sargento de la 4ª compañía, hará mañana a las 9 A. M. su ascensión aerostática en su globo llamado “El Vencedor”.

        No olvidemos que el comandante del “Quillota” era José Ramón Echeverría, agricultor que residía en su fundo “El Olivo”.  Antes fue comandante del escuadrón Nº1 de caballería de Purutún.  Falleció “de una enfermedad que contrajo en campaña”, después de la guerra.

        Algunas fechas del batallón: partió de Valparaíso, en el transporte “Angamos”, el 21 de septiembre de 1880;  cuatro días después llegó a Iquique y el 14 de enero de 1881 desembarcó en Chorillos y acampó en el cerro llamado “El Salto del Fraile”.

Según Figueroa, sufrió 126 bajas (muertos y heridos): 8 oficiales y 118 soldados.  Uno de los soldados heridos fue Augusto Poublete.

        Así como la villa de Puchuncaví “dio un buen contingente de voluntarios al movilizado Quillota”, más de 300 voluntarios quillotanos se incorporaron al “Cazadores del Desierto” y más de 400 al “Batallón cívico Lautaro”, antes del 21 de mayo de 1879.

        En nuestra ciudad, la guerra motivó la aparición de instituciones y organizaciones desde mayo del 79:

  • La Junta Central de Subsidios, presidida por el Gobernador, y sus subcomisiones colectoras de fondos.
  • Comité de Señoras.
  • Comité Sanitario de la Cruz Roja, “con el fin de recoger erogaciones para el socorro de los heridos de la guerra”.
  • “La Protectora de Quillota”, desde agosto de 1880, para atender a las familias de los soldados del batallón y a los soldados mismos.  Nueve vecinos presididos por el filántropo José Francisco Hevia.

        Para finalizar, nos referiremos brevemente a un militar que mencionamos en el texto anterior;  Santiago Amengual Balbontín (Quillota, marzo de 1815 – Santiago, abril de 1898).

        “El 7 de junio de 1879” partía al Perú como comandante del regimiento movilizado Esmeralda, organizado con los futres del Portal, y el 28 de enero de 1880 se le nombraba jefe de la 1ª división del ejército del norte.  El 17 de julio de ese año se le ascendió a general de brigada y el 18 de agosto de 1888 a general de división, grado en que obtuvo cédula de retiro absoluto el 8 de noviembre del año indicado”.

        El año 1891 volvió al servicio para apoyar al gobierno de José Manuel Balmaceda, como lo había hecho con otros gobiernos en 1837, 1851 y 1859.  Los traidores lo expulsaron del ejército.

        Anteriormente, había participado en la guerra contra la Confederación peruanoboliviana.





viernes, 6 de octubre de 2017

Hace 100 años hundieron al Quillota



El SV Quillota fue hundido por un crucero británico al ser confundido por un navío alemán.

En nuestro permanente periplo en busca de referencias históricas y literarias sobre Quillota nos hemos encontrado con curiosas coincidencias. En este anecdotario destacan los navíos que han llevado el nombre de nuestra ciudad. Dentro de éstos, entre los cuales hay un buque de guerra, recordamos hoy el desafortunado fin de dos de ellos, ambos  transportes de bandera francesa, a propósito del centenario de uno de los naufragios.

Efectivamente el 6 de octubre de 1917 zozobraba, en aguas del Atlántico Norte, víctima de fuego amigo el SV QUILLOTA, un velero de acero de tres mástiles, 2.500 m2 de aparejo, 86 metros de eslora y 2 mil ochocientas toneladas de desplazamiento, construido en los astilleros de Saint-Nazaire 15 años antes.

Sus dos cañones de armamento fueron inútiles para evitar que el crucero auxiliar británico  HMS MANTUA lo confundiera con el raider germano SEEADLER que asolaba la zona. El desafortunado capitán Mal y su tripulación de treinta marinos fueron prontamente socorridos. Lamentablemente uno de los tripulantes durante las maniobras resultó muerto al ser aplastado por un bote salvavidas contra el casco del navío.


El pintor francés Victor Charles Edouard Adam (1868 - 1938) retrató en 1898, en este oleo sobre tela, al SV Quillota dejando el puerto de Le Havre a toda vela. Como una licencia del autor, y haciendo referencia al origen del nombre de la embarcación, ondea en su mástil mayor la bandera chilena.

Peor suerte había corrido el 12 de noviembre de 1901, el anterior SV QUILLOTA, un velero de tres palos revestido completamente de hierro construido en 1876 por la factoría británica Robert Steele & Co. siendo bautizado con el nombre de SV BRAHMINAND. 

El navío, capitaneado por Celestin Delepine y su tripulación de veintidós marinos, fue atrapado por una tormenta en su travesía entre Nantes y North Shields en las islas británicas. No obstante no fueron las inclemencias meteorológicas la única causa de la muerte de diecisiete de sus tripulantes en las costas de Hendon Beach en Sunderland.

Como se consignaba en las páginas de ”La Vida Marítima”, Órgano de Propaganda de la Liga Marítima Española, en su edición del 30 de marzo de 1902,   

En las  costas  de  Sunderland, el remolcador  inglés   Flying  Dragón  remolcaba  el brik-barca  francés Quillota;   encapotado  el  tiempo  y  bajo  un  chubasco   duro,  ambos   buques  se  vieron  aconchados  sobre  los  arrecifes,   y  el  Capitán  del  remolcador,  egoistamente  y  sin  previo  aviso,  picó  los  remolques,   sordo  á los   clamores   de  auxilio  de  la  tripulación  del  Quillota, conducta  egoísta  y  antihuinanitaria  del   Flying    Dragón    acaba   de verse  ante  los  tribunales  ingleses,  quienes,  si  bien   han   condenado  al  Capitán  al  pago  de  indemnización  por  la  pérdida  del  buque  francés,  no han  encontrado,  según  dicen,  razón  alguna  para  castigar  su  falta   de  humanidad   y   egoismo   en  procurar  el  salvamento  de  vidas”.