viernes, 18 de agosto de 2017

Contextos de la fundación de Quillota



Retrato oficial de Felip V d'Espanya (1723), obra del francés Jean Ranc conservada en el Museo del Prado.

        Los quillotanos de las primeras décadas del siglo XVIII, centuria del despotismo ilustrado, estaban subordinados al Imperio español, al Virreinato del Perú y al Reino de Chile, indirecta y directamente. Recordemos algunas informaciones sobre las máximas autoridades.

        Felipe V o Felipe de Anjou (Versalles, Francia, 1683- Madrid, 1746), nieto del célebre Luis XIV de Francia, primer rey español de la casa de Borbón reinó España entre los años 1700 y 1746. Su entronización originó la Guerra de Sucesión de España (1701 a 1713). Con su segunda esposa Isabel de Farnesio fueron padres del futuro monarca reformista español Carlos III.

        Su enfermedad mental ensombreció su reinado. 

Carmíneo Nicolás Caracciolo, 5° Príncipe de Santo Buono (Italia, 1671 – Madrid, 1726) fue Virrey del Perú entre el 5 de octubre de 1716 y el 26 de enero de 1720. Descendía de una antigua familia noble de Napolés: la dinastía Caracciolo. Fue príncipe del Sacro Imperio Romano Germánico.

        Don José (o Joseph) de Santiago Concha y Salvatierra, nacido y fallecido en Lima (1667 – 1741), oidor de la Real Audiencia de Lima, caballero de la Orden de Calatrava, presidente gobernador y capitán general del reino ejerció como interino desde el 23 de diciembre de 1716 hasta el 17 de diciembre de 1717.

        En relación a la celebración, el próximo 11 de noviembre, del tricentenario de la fundación de nuestra ciudad vamos a transcribir una nota del historiador Santiago Lorenzo de la página 47 de su obra Fuentes para la historia urbana en el reino de Chile (1995), después de copiar el Acta de fundación de Quillota. Santiago, 19 de agosto de 1717:

        Como se puede apreciar a través del documento transcrito, Quillota se funda el 19 de agosto de 1717. Como hasta ahora no se tenía antecedentes de este dato, las autoridades y habitantes de Quillota celebran la fundación de su ciudad el 11 de noviembre, día de San Martín de Tours. Estimamos que en lo sucesivo, disponiéndose de los autos de fundación de la ciudad, que hallamos en el Archivo de Indias, la efeméride debería celebrarse en la fecha que corresponde, es decir, el 19 de agosto…” (1)

Han transcurrido 22 años…

Desde un punto de vista legalista, el tricentenario debería celebrarse el año 2021 porque el Consejo de Indias otorgó el título de Villa el 8 de octubre de 1721 y el Rey lo entregó el 17 de octubre del mismo año.

Veintisiete nuevas poblaciones se alzaron a lo largo del siglo XVIII en el país” –anota Jaime Eyzaguirre- “La mayoría de ellas no pasaron de ser modestas aldeas y generalmente acabaron olvidando el nombre primitivo de la fundación, evocador de un santo o de un sitio de España, para adoptar en definitiva el apelativo indígena del lugar de radicación.” Esto sucedió con Quillota, fundada como Villa San Martín de la Concha, encabezando la nómina.

Eyzaguirre destaca por su mayor desarrollo a Copiapó, Rancagua, Curicó y Talca, fundadas en los años 1744, 1743, 1743 y 1742, respectivamente.

En nuestra actual Región de Valparaíso nacieron: San Felipe (1740), Casablanca (1753), Petorca (1753), La Ligua (1754) y Los Andes (1791).

Este proceso se originó por la cédula u orden de Felipe V de 1703. En su cumplimiento destacaron los gobernadores José Antonio Manso de Velasco, Domingo Ortiz de Rozas y Ambrosio O’Higgins.

¿Cómo se podría interpretar esta política poblacional? Creemos que la tesis de Gabriel Salazar es esclarecedora: “… la fundación de ciudades emprendida por los gobernadores desde mediados del siglo XVIII (a objeto de concentrar a los dispersos propietarios agrícolas y disciplinar en ‘reducciones pueblerinas’ la densa población vagabunda del valle longitudinal no tuvo el carácter migratorio, cívico y hasta efusivo del siglo XVI, sino todo lo contrario: constituyó una política tensa y represiva que urbanizó por la fuerza a indígenas, vagabundos y labradores y creó villas utilizando las tierras ilegalmente apropiadas por los grandes propietarios (razón por la que éstos resistieron tenazmente la política de ‘poblaciones’) […] No fue por tanto la actividad económica ni un nuevo proyecto colonizador lo que convirtió esos caseríos en pueblos con vida propia, sino el proceso político del período 1800-1860.”

En otra de sus obras, el destacado historiador social califica el proceso de “una suerte de reforma agraria limitada”.

¿Calza esto con lo que sucedió en Quillota? Los historiadores e investigadores locales tienen la palabra.


Bibliografía


-          Quillota en su raíz colonial (1980): Nancy Flores y Juan Rivera.

-          Historia de Chile (1969): Jaime Eyzaguirre.

-          Construcción de Estado de Chile (2005): Gabriel Salazar.

-          Labradores, peones y proletarios (2000): Gabriel Salazar.




1 En noviembre de 2008 escribimos una nota alusiva al 19 de agosto y a los méritos del obispo Luis Francisco Romero. En este contexto,  mañana sábado asistiremos a la Parroquia San Martín de Tours para ser testigos de la Conmemoración del Tricentenario de la Firma del Acta Fundacional. La iniciativa del Secretario Ejecutivo de la Comisión Tricentenario, el historiador y periodista Roberto Silva Bijit, contemplará las intervenciones del Alcalde Luis Mella Gajardo, del investigador Pablo Schauffauser sobre la genealogía de la familia del fundador, del propio Roberto Silva sobre el acto de José de Santiago Concha de fundar la villa y la entrega de un reconocimiento al profesor, Dr. Santiago Lorenzo, por la importancia de  sus investigaciones y hallazgo del Acta Fundacional en el Archivo de Indias para la elaboración de una Historia de Quillota. 

jueves, 17 de agosto de 2017

Un poema para el Monumento al Árbol Caído





En estos días y como parte de las actividades tendientes a conmemorar el Tricentenario de Quillota, el escultor Ángel Araya Jorquera está realizando la reposición del conjunto escultórico “Árbol Caído y Ronda de Niños”, obra de la artista Lidia Pezoa Carvajal.

La autora, oriunda de Viña del Mar, residente por muchos años en Pucón y actualmente avecindada en nuestra ciudad, plasmó su impronta creativa, tallando durante 16 meses los restos de un ciprés centenario y un chirimoyo que fueron víctimas de un temporal que asoló la zona en el año 1979. En las raíces emergen los rostros de los anónimos pobladores originarios y en sus costados dos escenas: la Agricultura, vocación del Valle; y el Motín de Vidaurre, hecho histórico del que el ciprés fue silente testigo. La obra, inaugurada el 11 de noviembre de 1980, con el paso de los años, se ha convertido la imagen icónica de Quillota y postal obligada de sus visitantes.

Por su parte, conocimos al poeta, ensayista, dramaturgo, investigador, dibujante, antólogo porteño Alfonso Larrahona Kästen (Valparaíso,1931) cuando ganó el Primer Concurso Literario Regional (1984) organizado por el Círculo Literario “Quillota” y leyó, en el Auditorio Municipal, su hermoso poema “Hay un sol vegetal en una plaza”, dedicado a la obra de Lidia Pezoa, el que transcribimos después de estas líneas.  Larrahona era amigo del grupo literario, especialmente de las poetas Lucía Lezaeta Mannarrelli, Marta Morales Álvarez y Dina Ampuero Gallardo.

Nuestro autor es Profesor Emérito de la Universidad de Chile, Premio Municipal de Literatura Valparaíso (1989) y Miembro Honorario de la Sociedad de escritores de Valparaíso (SEV) de la cual, en 1954, fue cofundador y después su Presidente por varios períodos.  Sus poemarios publicados superan la treintena y ha editado veintisiete antologías, tales como: “El soneto en Valparaíso” (1999) y “La mujer en la poesía de Valparaíso” (2004).

A  su obra “Cien leyendas de Valparaíso” (1986) le dedicamos un artículo en nuestro libro (1989).


Hay un sol vegetal en una plaza

Primero fue la semilla, breve como una lágrima,
como lágrima pura echó raíz y pudo
elevarse primero como un ser que despierta
de largos devaneos,
de sueños que forjara con pasión,
con deseos de ser una atalaya en la brisa.
Después, cuando la lluvia y el sol la alimentaron,
levantó sus mil brazos a un cielo que se abría
para acunar sus nidos
y fue árbol exhalando fragancias, trinos tantos
que fue nube canora y, en las noches, fue astro.
Y así creció por años enmedio de la plaza.
Historias y armonías presenció y se tejían
promesas  y pasiones al pie de su ramaje.

Cuando todo decía que era una torre el árbol,
que era un brazo imbatible izado en la tormenta;
cuando lunas y lunas permaneció en vigilia,
florecido de trinos y vestido de pájaros,
por sobre los torreones, guiando a las campanas;
cuando escuchó asustado sus primeras “victorias”
con su carga de siglos, de sol engalanado:
cuando pesadas aves metálicas surcaron
el nuberío atónito, la ventisca, la tarde…
y los ángeles todos ocuparon sus ramas,
asustados y alertas, presintiendo el derrumbe,
vino otra vez el viento con su guadaña altiva,
filuda como un rayo y lo abatió cantando.
En medio de la plaza su vegetal himnario,
cayó como terminan los barcos encallados.
Su velamen mecido cien años por la brisa
se detuvo de pronto, y el mástil que lo erguía
cerca ya de la nubes se abatió para siempre.

Sobre la plaza, quieto, se fue perdiendo lento
el verde de sus ramas que huía día a día…
El pueblo vino, entonces, a presenciar la huída
de la pléyade de ángeles que anidaba en sus ramas.
Pero no  hallaron nada; ni un ángel moribundo,
ni un lucero quebrado como perdido espejo,
ni una enredada nube desangrándose lenta,
ni un pájaro abrazado a la cruz de su canto,
ni un nido, ni uno sólo, solamente la muerte
circulando callada por sus ocultas venas,
perdida en laberínticas callejas interiores.

Entonces las raíces desplegaron sus manos,
un cálido abanico de rayos alcanzando
la dimensión de un astro,
de un sueño inmensamente buscado,
transformando sus llamas en raíces,
un sol, un sol donde pudieran
aún morar las aves y florecer en cantos;
un sol donde los ángeles asomaran sus rostros,
sus alas musicales, sus tenues vestimentas.

Así se fue gestando este sol de raíces,
cuando pasó la artista que modeló su sueño
y le ayudó a los seres que moraban el árbol
a encender sus ventanas,
a iluminar la última palabra del doliente,
del abatido tronco donde murió la muerte,
donde la vida misma se alzó en un nuevo grito
y fue un grandioso SOL VEGETAL EN LA PLAZA,
una historia celeste, palpable, victoriosa,
plena de la luz, onírica, resuelta como un canto,
como un símbolo inmenso de una ciudad que vibra
en el alma y la sangre de su rabioso pueblo.
Y en medio de la plaza esplenderá por siempre
ese sol vegetal que nos está esperando.


martes, 15 de agosto de 2017

Balmaceda en Quillota, agosto de 1891





José Miguel Varela Valencia (1856 - 1941)

        Entre los personajes históricos chilenos que han capturado nuestro permanente interés está José Manuel Balmaceda (1840-1891), especialmente desde que leímos el clásico ensayo del historiador Hernán Ramírez Necochea, hace varios años. Por eso hemos escrito algunas notas relacionadas con el estadista. Ahora, reproducimos párrafos del excelente libro de Guillermo Parvex, titulado “Un veterano de tres guerras. Recuerdos de José Miguel Varela” (8° reimpresión, diciembre 2015). Las líneas pertenecen al subcapítulo “Presidente llega a Quillota”.

        El abogado y militar José Miguel Varela Valencia nació en Concepción el año 1856 y falleció en Valdivia (1941). Participó en la Guerra Civil de 1891. Varela admiraba al Presidente Balmaceda y era amigo de su hermano José Rafael del Carmen Balmaceda Fernández.

        El último encuentro del admirador con el mandatario tuvo lugar en la estación de Quillota, que él describe así: “… era un magnífico edificio de un piso construido solamente unos meses antes, con amplios corredores techados, que ofrecía mucha comodidad. Dejé avanzadas hacia el oriente y poniente en las estaciones de San Pedro y La Cruz.”

        El 21 de agosto los ejércitos, el gobiernista y el congresista, se batieron en las inmediaciones de Concón, triunfando el segundo.

        Leamos lo que recuerda Varela:

Recuerdo perfectamente que cerca de la medianoche del 24 de agosto, cuando estaba muy atareado cooperando en brindar algo de auxilio a estas víctimas de la guerra, escuché el silbato de un tren proveniente de Santiago. Me imaginé que el convoy era de uno de los tantos que habían arribado en los últimos días para retirar los heridos y por ello permanecí en los andenes para colaborar en el embarque.

        Me quedé de una pieza cuando momentos después el tren se detuvo, entre una nube de vapor, del segundo vagón descendió el Presidente José Manuel Balmaceda.

        Nunca se me olvidará su estampa. Su rostro estaba muy pálido y destacaba  más que nunca su frondoso bigote. Vestía un capote negro, botas de montar y un sombrero tongo, también negro. Le acompañaban, entre otros oficiales, el coronel Castro y el teniente coronel Gándara, que ejercían en esos momentos como sus ayudantes personales. La escolta la integraban una compañía de infantería y cincuenta jinetes del “Cazadores”.

        Momentos después llegó desde Viña del Mar el general Alcérreca, quien me pidió que le acompañara en mi calidad de ayudante en su reunión con el Presidente. A ese encuentro, además de Balmaceda y el general, asistieron el coronel Castro y yo.

        El general Alcérreca le explicó al Presidente pormenores de la batalla que habíamos perdido, haciéndole presente que varios jefes habían desertado y se habían pasado al bando contrario, con prácticamente la totalidad de las fuerzas bajo sus mandos…”

        Una vez que el comandante de la ‘División Valparaíso’ se hubo retirado, el Presidente me pidió que le buscara alojamiento para esa noche. Lo único que logré conseguirle fue el humilde dormitorio del jefe de estación. Allí en una modesta cama y alumbrado por un par de velas, dejé al Presidente de Chile…”

        Cerca de las siete de la mañana el Presidente salió del dormitorio del jefe de estación”… “Al verme, Balmaceda me agradeció el haber permanecido allí y me pidió que le acompañara a Quilpué, junto con la escolta que él traía y mis hombres”. Esto sucedió el 25 de agosto.

        El día 28 de agosto, en La Placilla, alto contiguo a Valparaíso, se libró la batalla decisiva, tan cruenta como la anterior. Triunfaron los opositores. Paro perdió nuestro país, ya que en la Guerra del Pacífico habían muerto menos chilenos y gracias a ese conflicto Chile había sorteado una grave crisis económica y social y habían conquistado territorios peruanos y bolivianos.

        ¿Qué logró la mayoría de los chilenos con esta guerra fratricida de 1891?